#41 Interior
El mar siempre es destino. Pero yo soy más de montaña. Es en el desfiladero, en lo abrupto del precipicio, donde se hace el viaje. Lo escarpado y las botas del caminante han de encajar para curar las heridas. Es por ello que el mar siempre se despliega en su inmensidad sanadora al final del camino. Basta recordar a Antoine, el protagonista de Los 400 golpes, en aquel final de carrera repleta de dolor. El mar es siempre el epílogo.
Siempre me he sentido más atraído por la majestuosidad de la cordillera que por el crepitar del agua frente a la arena. En las tormentas de Turner, la aventura de Moby Dick, la travesía de Ulises, el mar no es más que una trampa, un universo de reflejos.
He vuelto a la montaña interior después de mucho tiempo a través de dos recientes películas: Las ocho montañas y Mi camino interior. Ambas introspectivas, con paisajes rocosos de fondo. En ellas, por distintos motivos, se despliega la reflexión de los personajes, en búsqueda constante. La familia, los pasos, el amor, el paisaje. Con la montaña de fondo siempre. He entendido, he vuelto a entender, que estamos en perpetuo viaje, que las heridas son parte del camino. Como en aquel cuento distópico de H.G. Wells en el que dos caballeros medievales embisten una luz que se les acerca y que termina siendo un tren de vapor.
En el mar no se busca, se reposa. Hasta entonces, seguid caminando.
Fotograma de Las 8 montañas


